El Papa afirma que el cristiano debe decidir entre acudir al Señor o cerrarse en sus cosas

El Papa Francisco afirmó que la salvación consiste en una elección personal entre “acudir al encuentro con el Señor o cerrarme en mis cosas” y recordó que Dios “no nos hace paga entrada” para para acudir a Él.

El Santo Padre, en la Misa celebrada este martes 5 de noviembre en la Casa Santa Marta, comentó a lectura del Evangelio de San Lucas en la que se narra la historia de un hombre que organiza una gran fiesta a la que los invitados rechazan acudir con diferentes excusas.

Ante la negativa de sus invitados, el hombre decide entonces invitar a los pobres y a los lisiados de los caminos y sentarlos a su casa a cenar, ofreciéndoles a ellos la fiesta que tenía reservada para sus amigos.

El Papa explicó que “la cena, la fiesta, representa el cielo, la eternidad con el Señor”. La acción del hombre que organizó la fiesta describe la actitud de Dios hacia la humanidad: “Nuestro Dios siempre nos invita de ese modo, no nos hace pagar entrada”.

“En las verdaderas fiestas no se paga entrada: paga el padrón, paga el que invita”, resaltó. Sin embargo, los amigos del hombre que preparó la fiesta no reaccionaron del mismo modo, sino que respondieron cerrándose sobre sí mismo, sobre sus intereses.

El Pontífice lo explicó señalando que “delante de aquella gratuidad, de aquella universalidad de la fiesta, respondieron con una actitud que cierra el corazón: ‘Yo no voy. Prefiero estar solo, con la gente que me gusta a mí. Me cierro’”.

“Eso es un pecado”, advirtió el Papa Francisco. “Es el pecado del pueblo de Israel, el pecado de todos nosotros. El cerrarse. ‘No, para mí es más importante esto que eso. No, lo mío’. Siempre lo mío”.

El rechazo a acudir a la fiesta es también un rechazo al Señor, advirtió el Papa. Es decirle: ‘No me molestes con tu fiesta”. Supone cerrarse a “aquello que el Señor nos ofrece: la alegría del encuentro con Él”.

“Y en el camino de la vida muchas veces nos encontraremos ante esta elección, ante esta opción: o la gratuidad del Señor, o el acudir a encontrar al Señor, encontrarme con el Señor, o cerrarme en mis cosas, en mis intereses”.

Por ese motivo, “el Señor, hablando de una de las formas de cerrarse, decía que es muy difícil que un rico entre en el reino de los cielos. Sin embargo, hay muchos ricos buenos, santos, que no están atados a las riquezas. Pero la mayoría se ata a las riquezas, se cierra. Y por ello no pueden comprender qué es la fiesta”.

El Papa finalizó la homilía invitando a pensar en esa parábola y preguntarse: “¿Cómo va nuestra vida? ¿Qué es lo que prefiero? ¿Aceptar la invitación del Señor o cerrarme en mis cosas, en mis pequeñeces?”.

Lectura comentada por el Papa Francisco:

Lucas 14, 15-24

En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús:

«¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!».

Jesús le contestó:

«Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó a su criado a avisar a los convidados:

“Venid, que ya está preparado”.

Pero todos a una empezaron a excusarse.

El primero le dijo:

“He comprado un campo y necesito ir a verlo. Dispénsame, por favor”.

Otro dijo:

“He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor.”

Otro dijo:

“Me acabo de casar y, por ello, no puedo ir.”

El criado volvió a contárselo a su señor. Entonces el dueño de casa, indignado, dijo a su criado:

“Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”.

El criado dijo:

“Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio”.

Entonces el señor dijo al criado:

“Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se llene mi casa.”

Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete».

Redacción ACI Prensa

EL RETO DE REJUVENECER EL ROSTRO DE LA IGLESIA

(Xiskya Valladares). Releyendo el Instrumentum Laboris del Sínodo de los jóvenes, nada más comenzar me topé con el objetivo del Sínodo: «ayudar a la Iglesia a rejuvenecer su rostro». Seguí leyendo y vi cómo enunciaba una serie de realidades relacionadas con el mundo actual de los jóvenes. Enseguida pensé en nosotros, consagrados. ¿Qué ven los jóvenes de hoy en nosotros? ¿Por qué no estamos en su lista de influencers? ¿Cómo nos perciben para vernos tan bichos raros?

El reto de rejuvenecer el rostro de la Iglesia es también para nosotros. Por eso, creo que también los religiosos tenemos que hacer autocrítica sana, revisar nuestros hábitos, culturas y lenguajes. Ya en el año 2012 esta revista se preguntaba: ¿Qué debe cambiar en la vida religiosa actual para que pueda hablar a los jóvenes? Y daba algunas cuantas claves que no voy a repetir y recomiendo leer.  Han pasado seis años y ¿qué ven los jóvenes actuales en nosotros?

Cierto es que no se puede generalizar, pero con dolor he de decir que yo misma (sin ser nada joven ya) entro en algunas comunidades y encuentro una estética rancia (no digamos ya la de las webs religiosas), unas costumbres arcaicas, un lenguaje anticuado… Pero, sobre todo, lo que más me duele, me topo con ciertas mentalidades y ambientes donde la alegría del Evangelio y la profundidad del compromiso no pueden percibirse. Como si la fe se hubiese convertido en rutina, como si el ser consagrados nos anulara la capacidad crítica, como si el infantilismo se apoderara del ser religioso, como si el espiritualismo sustituyera la espiritualidad. Y hay que ahondar mucho para tocar la pasión por Cristo, la energía del Espíritu y la flexibilidad del amor del Padre.

La edad no es una excusa. He conocido hermanas de más de 90 años con más juventud que toda una comunidad junta. Seguro que nos vienen a la mente nombres, referentes que nos han motivado en nuestra vida. La vida religiosa aún tiene mucho que aportar a este mundo: la frescura de la centralidad de Cristo, el don de la valiente profecía, el testimonio alegre, la libertad del compromiso, la espiritualidad encarnada que pisa tierra. No es porque nos extinguimos; lo importante es no perder generaciones enteras para Cristo.

Por Vida Religiosa -25 octubre, 2019

Reunión del equipo de PJV de la Provincia Nazaret (Pastoral juvenil vocacional)

El Equipo está compuesto por siete Hermanas de la Provincia, cada una en una zona geográfica diferente:

Hna. Romina Marulli, responsable del Equipo, (Italia)

Hna Lourdes Crespo, Barakaldo-Bilbao

Hna Alicja Grzywocz, Wroclaw (Polonia)

Hna Lucía Kontsekovà, Rovinka- Bratislava (Eslovaquia)

Hna Juana Murcia, Massamagrell- Valencia

Hna Manuela P. Pérez, S. Juan de Aznalfarache- Sevilla

Hna Milena Prete, Madrid

 

Nos hemos reunido el pasado fin de semana (días 1 y 2) con el objetivo de:

Elaborar la aportación al III Capítulo Provincial

Evaluar las actividades del pasado año

Programar para el próximo curso, a la luz de dicha evaluación.

El encuentro transcurrió en un clima de alegría y familiaridad, pues ya llevamos juntas en esta tarea los últimos tres años. Siempre el hecho de encontrarnos personalmente y compartir experiencias de tan distinta zona y realidad y tan diversas entre sí lo vivimos como una inmensa riqueza.

La acogida y el trato cordial de las Hermanas de las dos comunidades nos hizo sentirnos como en casa y así el tiempo se nos fue rápido.

Además de disfrutar del clima tan agradable, hemos gozado con cada uno de los espacios de esta casa que guarda tanto sabor amigoniano. Nos hemos podido acercar a tantos rincones que nos hablan del P. Luis Amigó, no solo su sepulcro, sino también sus dependencias y el museo o la pila bautismal de la Parroquia donde él recibió su bautismo.

Hemos aprovechado el tiempo sobre todo para hacer una reflexión sobre cómo debe ser nuestra vida para que realmente contagie vida; por dónde hemos de seguir en esa búsqueda de encontrar a los jóvenes, para conocerlos, para conducirlos a Jesús y para que descubran ese gran regalo que cada uno recibe y que está llamado a compartir, que es la propia vocación, la propia llamada.

Cristo vive y nos quiere vivos y todo lo que hemos recibido estamos llamados a compartirlo y a regalarlo a nuestro alrededor.

 

 

El Papa y la misión: “Sin Jesús no podemos hacer nada”

Anticipamos algunos extractos del libro-entrevista de Gianni Valente con el Papa, al final del Mes Misionero Extraordinario, donde el Santo Padre insiste en que “la Iglesia o es anuncio o no es Iglesia”. El volumen, publicado por Librería Editorial Vaticana y San Pablo, estará disponible desde el 5 de noviembre.

“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”. Este es el comienzo de la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, publicada por el Papa Francisco en noviembre de 2013, ocho meses después del Cónclave que lo eligió Obispo de Roma y Sucesor de Pedro. El texto programático del pontificado invitaba a todos a volver a sintonizar todo acto, reflexión e iniciativa eclesial “sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual”. Casi seis años más tarde, para este octubre de 2019 que acaba de terminar, el Pontífice llamó al Mes Misionero Extraordinario y, al mismo tiempo, convocó en Roma a la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos dedicada a la Región Amazónica, con la intención de sugerir también nuevas formas de proclamar el Evangelio en el “pulmón verde”, atormentado por la explotación depredadora que viola e inflige heridas “a nuestros hermanos y a nuestra hermana tierra” (Homilía del Santo Padre para la misa de clausura del Sínodo para la Región Panamazónica).

Durante este tiempo, el Papa Francisco difundió en su magisterio insistentes referencias a la naturaleza propia de la misión de la Iglesia en el mundo. Por ejemplo, el Pontífice ha repetido muchas veces que el anuncio del Evangelio no es “proselitismo”, y que la Iglesia crece “por atracción” y “por testimonio”. Es una constelación de expresiones, todas ellas destinadas a dar señales acerca de cuál es el dinamismo propio de toda obra apostólica y cuál puede ser su fuente.

De todo esto y mucho más habla el Papa Francisco en el libro-entrevista titulado «‘Sin Él no podemos hacer nada’. Una conversación sobre ser misioneros en el mundo de hoy». La Agencia Fides ofrece un avance de algunos extractos.

Usted ha contado que de joven quería ser misionero en Japón. ¿Se puede decir que el Papa es un misionero frustrado?

No lo sé. Me uní a los jesuitas porque me llamaba la atención su vocación misionera, su constante ir hacia las fronteras. Entonces no pude ir a Japón. Pero siempre advertí que anunciar a Jesús y su Evangelio implica siempre un cierto salir y ponerse en camino.

Usted siempre repite: “Iglesia en salida”. La expresión es reutilizada por muchos y, a veces, parece haberse convertido en un eslogan manoseado, a disposición de aquellos que, cada vez más, dedican su tiempo a dar lecciones a la Iglesia sobre cómo debe o no debe ser.

“Iglesia en salida” no es una expresión de moda que yo me inventé. Es el mandato de Jesús, que en el Evangelio de Marcos pide a los suyos que vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio “a toda criatura”. La Iglesia o es “en salida” o no es Iglesia. O está en el anuncio o no es la Iglesia. Si la Iglesia no sale, se corrompe, se desnaturaliza. Se convierte en otra cosa.

¿En qué se convierte una Iglesia que no anuncia y no sale?

Se convierte en una asociación espiritual. Una multinacional para lanzar iniciativas y mensajes de contenido ético-religioso. Nada malo, pero no es la Iglesia. Esto es un riesgo para cualquier organización estática en la Iglesia. Se termina por domar a Cristo. Ya no das testimonio de aquello que hace Cristo, sino que hablas en nombre de una cierta idea de Cristo. Una idea poseída y domesticada por ti. Tú organizas las cosas, te conviertes en el pequeño empresario de la vida eclesial, donde todo sucede según un programa establecido, es decir, solo para ser seguido según las instrucciones. Pero el encuentro con Cristo no vuelve a ocurrir. El encuentro que te había tocado el corazón al principio ya no se repite.

¿Es la misión en sí misma un antídoto contra todo esto? ¿Basta la voluntad y el esfuerzo de “salir” en misión para evitar estas distorsiones?

La misión, la “Iglesia en salida”, no son un programa, una intención que se realiza con el esfuerzo de la voluntad. Es Cristo quien hace que la Iglesia salga de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu Santo te empuja y te lleva. Y cuando llegas, te das cuenta de que Él ha llegado antes que tú, y te está esperando. El Espíritu del Señor ha llegado antes. Él se adelanta, también para preparar tu camino, y ya está trabajando.

En un encuentro con las Obras Misionales Pontificias, usted sugirió que leyeran los Hechos de los Apóstoles, como texto habitual de la oración. El relato de los comienzos, y no un manual de estrategia misionera “moderna”. ¿Por qué es eso?

Los protagonistas de los Hechos de los Apóstoles no son los apóstoles. El protagonista es el Espíritu Santo. Los Apóstoles lo reconocen y dan fe de ello primero. Cuando comunican a los hermanos de Antioquía las indicaciones establecidas en el Concilio de Jerusalén, escriben: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros”. De hecho, ellos reconocían con realismo que era el Señor quien añadía diariamente a la comunidad “aquellos que se salvaban”, y no los esfuerzos de persuasión de los hombres.

¿Y ahora es como entonces? ¿No ha cambiado nada?

La experiencia de los apóstoles es como un paradigma válido para siempre. Basta pensar en cómo en los Hechos de los Apóstoles las cosas suceden libremente, sin forzarlas. Es una trama, una historia de hombres en la que los discípulos siempre llegan en segundo lugar, siempre vienen después del Espíritu Santo que actúa. Él prepara y trabaja los corazones. Altera sus planes. Es él quien los acompaña, los guía y los consuela en todas las circunstancias que se encuentran viviendo. Cuando llegan los problemas y las persecuciones, el Espíritu Santo también actúa allí, de una manera aún más sorprendente, con su solaz, con sus consuelos. Como sucede después del primer martirio, el de san Esteban.

¿Qué sucedió entonces?

Comenzó un tiempo de persecución, y muchos discípulos huyeron de Jerusalén, fueron a Judea y Samaria. Y allí, mientras estaban dispersos y fugitivos, comenzaron a proclamar el Evangelio, aunque estaban solos y no estaban con ellos los apóstoles, que se habían quedado en Jerusalén. Son bautizados, y el Espíritu Santo les da el coraje apostólico. Allí vemos por primera vez que el bautismo es suficiente para convertirse en anunciadores del Evangelio. La misión es esa cosa de ahí. La misión es Su obra. Es inútil ponerse nervioso. No necesitamos organizarnos, no necesitamos gritar. No sirven trucos ni estratagemas. Solo sirve pedir que podamos rehacer hoy la experiencia que te hace decir:  “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros”.

Y si no existe tal experiencia, ¿qué sentido tienen las llamadas a la movilización misionera?

Sin el Espíritu, querer hacer la misión se convierte en otra cosa. Se convierte, diría yo, en un proyecto de conquista, la pretensión de una conquista que realizamos nosotros. Una conquista religiosa, o quizás ideológica, quizás también hecha con buenas intenciones. Pero es otra cosa.

Citando al Papa Benedicto XVI, usted repite a menudo que la Iglesia crece por atracción. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Quién atrae? ¿Quién es atraído?

Jesús lo dice en el Evangelio de Juan. “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Y en el mismo Evangelio dice también: “Nadie viene a mí si el Padre que me envió no lo atrae”. La Iglesia siempre ha reconocido que esta es la forma propia de todo movimiento que acerca a Jesús y al Evangelio. No una convicción, un razonamiento, un tomar conciencia. No una presión ni una constricción. Siempre es una cuestión de atracción. Ya el profeta Jeremías decía: “Tú me sedujiste, y yo me dejé seducir”. Y esto es válido para los mismos apóstoles, para los mismos misioneros y para su trabajo.

¿Cómo ocurre lo que acaba de describir?

El mandato del Señor de salir y proclamar el Evangelio presiona desde dentro, por amor, por atracción amorosa. No se sigue a Cristo, y menos aún se llega a ser anunciador de él y de su Evangelio, por una decisión tomada en una mesa, por un activismo autoinducido. Incluso, el impulso misionero solo puede ser fructífero si acontece dentro de esta atracción y la transmite a los demás.

¿Cuál es el significado de estas palabras en relación con la misión y el anuncio del Evangelio?

Significa que si Cristo te atrae, si te mueves y haces las cosas porque eres atraído por Cristo, otros lo notarán sin esfuerzo. No hay necesidad de demostrarlo, y mucho menos de exhibirlo. En cambio, quien se cree protagonista o empresario de la misión, con todos sus buenos propósitos y declaraciones de intenciones, a menudo termina sin atraer a nadie.

En la Carta Apostólica Evangelii gaudium, usted reconoce que todo esto puede “producirnos cierto vértigo”. Como el de alguien que se sumerge en un mar donde no sabe lo que van a encontrar. ¿Qué cosa busca sugerir con esta imagen? ¿Estas palabras también se refieren a la misión?

La misión no es un proyecto corporativo ya bien probado. Menos es un espectáculo organizado para contar cuántas personas participan gracias a nuestra propaganda. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere. Y esto puede implicar un cierto vértigo. Pero el culmen de la libertad descansa precisamente en este dejarse llevar por el Espíritu, renunciando a calcularlo y controlarlo todo. Es precisamente en esto que imitamos al mismo Cristo, que en el misterio de su resurrección aprendió a descansar en la ternura de los brazos del Padre. La misteriosa fecundidad de la misión no consiste en nuestras intenciones, nuestros métodos, nuestros impulsos y nuestras iniciativas, sino que descansa precisamente en este vértigo: el vértigo que se siente ante las palabras de Jesús cuando dice: “sin mí no pueden hacer nada”.

A usted también le gusta repetir que la Iglesia crece “por el testimonio”. ¿Qué sugerencia busca dar con esta insistencia?

El hecho de que la atracción se hace testimonio en nosotros. El testigo da testimonio de la obra que Cristo y su Espíritu han realizado realmente en su vida. Después de la Resurrección, es Cristo mismo quien se hace visible a los apóstoles. Es él quien hace que ellos sean testigos. Además, el testimonio no es acerca de los propios actos, se es testigo de las obras del Señor.

Otra cosa que usted repite a menudo, en este caso en clave negativa, es que la Iglesia no crece a través del proselitismo y que la misión de la Iglesia no es el proselitismo. ¿Por qué tanta insistencia? ¿Es para salvaguardar las buenas relaciones con las otras iglesias y el diálogo con las tradiciones religiosas?

El problema del proselitismo no es solo el hecho de que contradice el camino ecuménico y el diálogo interreligioso. Hay proselitismo en todos aquellos lugares donde está la idea de hacer crecer la Iglesia, sin la atracción de Cristo ni de la obra del Espíritu, centrándolo todo en cualquier tipo de “discurso sabio”. Así que, como primera cosa, el proselitismo excluye a Cristo mismo de la misión, y al Espíritu Santo, aun cuando diga que habla y actúa en el nombre de Cristo, de una manera nominalista. El proselitismo es siempre violento por naturaleza, incluso cuando se oculta o se ejerce con guantes. No puede soportar la libertad y la gratuidad con que la fe puede ser transmitida, por gracia, de persona a persona. Por esta razón, el proselitismo no es solo el del pasado, de los tiempos del antiguo colonialismo, o de conversiones forzadas o compradas con la promesa de ventajas materiales. Puede haber proselitismo incluso hoy en día, incluso en parroquias, comunidades, movimientos, en las congregaciones religiosas.

Y entonces, ¿qué significa proclamar el Evangelio?

El anuncio del Evangelio significa entregar con palabras sobrias y precisas el testimonio mismo de Cristo, como lo hicieron los apóstoles. Pero no sirve inventar discursos persuasivos. El anuncio del Evangelio también se puede susurrar, pero siempre pasa por la fuerza abrumadora del escándalo de la cruz. Y sigue siempre el camino indicado en la Carta del apóstol san Pedro, que consiste simplemente en “dar razón” a los demás de la propia esperanza. Una esperanza que sigue siendo escandalosa e insensata a los ojos del mundo.

¿Qué identifica al “misionero” cristiano?

Un rasgo distintivo es el de actuar como facilitadores, y no como controladores de la fe. Facilitar, hacerlo fácil, no ponernos como obstáculos del deseo de Jesús de abrazar a todos, de sanar a todos, de salvar a todos. No hacer selecciones, no hacer “aduanas pastorales”. No jugar el rol de los que se ponen en la puerta para comprobar si otros tienen los requisitos para entrar. Recuerdo a los párrocos y a las comunidades de Buenos Aires que habían tomado muchas iniciativas para facilitar el acceso al bautismo. Se habían dado cuenta de que en los últimos años estaba aumentando el número de los que no eran bautizados por tantas razones, incluso sociológicas, y quisieron recordar a todos que el bautismo es algo sencillo, que todos pueden pedir, para sí mismos y para sus hijos. El camino tomado por esos párrocos y por esas comunidades fue uno solo: no añadir cargas, no poner reclamos, quitar del medio cualquier dificultad cultural, psicológica o práctica que pudiese empujar a la gente a posponer o abandonar la intención de bautizar a sus hijos.

En América, al principio de la evangelización, los misioneros discutían quién era “digno” de recibir el bautismo. ¿Cómo terminaron esas disputas?

El Papa Pablo III rechazó las teorías de aquellos que afirmaban que los indígenas eran por naturaleza “incapaces” de aceptar el Evangelio y confirmó la opción de aquellos que facilitaban su bautismo. Parecen cosas del pasado, pero aun hoy existen círculos y sectores que se presentan como “ilustrados”, iluminados, y que también encierran el anuncio del Evangelio en sus lógicas distorsionadas que dividen el mundo entre “civilización” y “barbarie”. La idea de que el Señor tenga entre sus predilectos también muchas “cabecitas negras” los irrita, los pone de mal humor. Consideran a una buena parte de la familia humana como una entidad de clase inferior, incapaz, según sus estándares, de alcanzar niveles decentes en la vida espiritual e intelectual. Sobre esta base se puede desarrollar un desprecio por los pueblos considerados de segunda clase. Todo esto también surgió en el Sínodo de los Obispos sobre la Amazonía.

Varios tienden a colocar en clave dialéctica el anuncio claro de la fe y las obras sociales. Dicen que la misión no debe reducirse al apoyo a las obras sociales. ¿Es una preocupación legítima?

Todo lo que está en el horizonte de las Bienaventuranzas y de las obras de misericordia está de acuerdo con la misión, es ya anuncio, es ya misión. La Iglesia no es una ONG, la Iglesia es otra cosa. Pero la Iglesia es también un hospital de campaña, donde todos son acogidos, así como son, se sanan las heridas de todos. Y esto es parte de su misión. Todo depende del amor que mueve el corazón de quien hace las cosas. Si un misionero ayuda a cavar un pozo en Mozambique, porque se dio cuenta de que sirve a aquellos a quienes bautiza y a quienes predica el Evangelio, ¿cómo se puede decir que esa obra está separada del anuncio?

¿Cuáles son hoy las nuevas atenciones y sensibilidades que hay que ejercer en los procesos encaminados a hacer fecunda la proclamación del Evangelio en los diferentes contextos sociales y culturales?

El cristianismo no tiene un modelo cultural único. Como reconoció Juan Pablo II, «permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado». El Espíritu Santo embellece a la Iglesia con las nuevas expresiones de las personas y comunidades que abrazan el Evangelio. Así la Iglesia, asumiendo los valores de las diferentes culturas, se convierte en “sponsa ornata monilibus suis”, “la novia que se adorna con sus joyas”, de la que habla el profeta Isaías. Es cierto que algunas culturas han estado estrechamente vinculadas a la predicación del Evangelio y al desarrollo del pensamiento cristiano. Pero en el tiempo que vivimos, se hace aún más urgente tener en cuenta que el mensaje revelado no se identifica con ninguna cultura. Y en el encuentro con nuevas culturas o con culturas que no han acogido la predicación cristiana, no se debe tratar de imponer una cierta forma cultural junto con la propuesta evangélica. Hoy en día, incluso en el trabajo misionero, es todavía más conveniente no llevar un equipaje pesado.

Misión y martirio. A menudo usted se ha referido al vínculo íntimo que une estas dos experiencias.

En la vida cristiana, la experiencia del martirio y el anuncio del Evangelio a todos tienen el mismo origen, la misma fuente: cuando el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo da fuerza, valor y consuelo. El martirio es la máxima expresión del reconocimiento y de testimonio dado a Cristo, que representan el cumplimiento de la misión, del trabajo apostólico. Siempre pienso en los hermanos coptos masacrados en Libia, que pronunciaban el nombre de Jesús en un susurro mientras eran decapitados. Pienso en las Hermanas de la Santa Madre Teresa asesinadas en Yemen, mientras cuidaban a pacientes musulmanes en una residencia para ancianos con discapacidades. Cuando las mataron, tenían sus delantales de trabajo sobre sus hábitos religiosos. Todos son vencedores, no “víctimas”. Y su martirio, hasta el derramamiento de sangre, ilumina el martirio que todos pueden sufrir en la vida diaria, con el testimonio dado a Cristo cada día. Es lo que se puede ver cuando se visitan las casas de reposo de misioneros ancianos, a menudo desgastados por la vida que llevaron. Un misionero me dijo que muchos de ellos pierden la memoria y ya no recuerdan nada del bien que hicieron. “Pero no importa -me dijo-, porque en cambio el Señor recuerda esto muy bien”.

(Gianni Valente, vaticannews.va)

“Orar siempre y sin desanimarse”

Para acercarnos al misterio de la palabra proclamada en este domingo, nos ayudará recordar que Jesús se está acercando a Jerusalén, al lugar de su tránsito, al tiempo de su pasión, a la hora de su muerte.
Esta composición de lugar nos permite situar en un contexto adecuado la instrucción del Señor acerca de la perseverancia en la oración: “Orar siempre y sin desanimarse”.
Cuando los discípulos pidieron a Jesús que les enseñase a orar, él les enseñó palabras esenciales para dirigirse al Padre del cielo: Padre nuestro, santificado sea tu nombre…
Entonces no era necesario hablar de perseverancia en la oración, pues Dios es siempre nuestro Padre, su nombre ha de ser siempre santificado, la venida de su reino ha de ser siempre deseada, lo mismo que siempre deseamos ver cumplida su voluntad: Si permanecemos en la fe, perseveramos en la oración.
Cuando en el evangelio nos encontramos con aquella oración de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”, tampoco allí se habla de perseverancia en la oración, pues toda exclamación agradecida, también la de Jesús, tiene su tiempo, como lo tienen la alegría de la fiesta, el asombro ante algo que nos sorprende, el entusiasmo nacido de la admiración. Admiración, sorpresa y fiesta son realidades enmarcadas en tiempos cuya naturaleza no pide la perseverancia o la permanencia, sino sólo la repetición, posiblemente periódica y frecuente.
¿Por qué ahora Jesús nos explica cómo tenemos que orar siempre y sin desanimarnos?
Pienso que lo hace porque algunas circunstancias, dentro del discípulo y a su alrededor, lo están empujando a no orar, a no pedir, porque ya antes lo indujeron a no esperar, a no confiar, a no creer…
Jerusalén está cerca, está muy cerca el escándalo de la cruz, muy cerca la huida y el miedo y la tristeza. Ahora es necesario hablar de perseverancia, porque el adversario se ha hecho fuerte, los pobres necesitan justicia, y la oración de los elegidos de Dios es un grito que resuena en el cielo día y noche. Ahora es necesario hablar de perseverancia, porque el pueblo de Dios está amenazado en su propia existencia, porque se ha hecho necesaria la lucha, y ésta va a ser, no sólo prolongada en el tiempo, sino también perturbada con inquietantes alternativas de victoria y de derrota. Ahora es necesario hablar de perseverancia, porque las manos del orante se han hecho pesadas, y es tarea penosa mantener en alto los brazos.
Levanto mis ojos a los montes, levanto mis manos a lo alto, levanto mi corazón hasta el Padre, hasta el Señor que hizo el cielo y la tierra. Con el salmista hemos confesado la fidelidad del Señor: “El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha… el Señor guarda tu alma ahora y por siempre”; si confesamos siempre la fidelidad del Señor, oramos siempre; y si oramos siempre, confesamos siempre su fidelidad. Y así, mientras nuestra fe confiesa que él está siempre a nuestro lado, nosotros nunca nos desanimamos. Con Jesús, escuchando su palabra y comulgando su cuerpo, deseamos perseverar hasta el fin en la oración de la fe, prolongar en nuestra vida la entrega de su obediencia, comulgar, junto con su palabra y su cuerpo, su abandono filial en las manos del Padre: Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya… Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen… Padre, a tus manos encomiendo mi vida…
Ahora ya sabemos por qué se nos habla de la perseverancia en la oración: Porque necesitamos auxilio, porque la injusticia nos rodea, porque la muerte nos acecha, porque el peligro se ha hecho tan cercano que la oración se nos ha vuelto un grito que dura día y noche.
Ahora en nuestro corazón resuena la voz del Espíritu, las palabras del salmista, la confianza del Hijo: Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia…
Mientras creemos, oramos; si perseveramos en la esperanza, perseveramos en la oración; si por la fe, la esperanza y el amor permanecemos en la palabra de la Escritura que hemos aprendido y en la comunión con el cuerpo del Señor que se nos ha confiado, también permanecerá en nosotros la oración del Señor, la verdad de su entrega, su obediencia filial.